9.1.18

El tocadiscos

Buenos Aires, que, como una guerra, saca lo peor y lo mejor de las personas. Buenos Aires, que con una caricia te rompe el corazón y luego va y te muestra el culo. Buenos Aires, maraña de asfalto despeinada, acrobática y celeste, valiosa chatarra que amamos sin descanso. Mañana siempre volveré a Buenos Aires (amor & odio tatuado en los nudillos) y sé que llegaré con miedo de ver al diputado, al columnista, al cholulo, al borracho o al volado que, tirado en la vereda, me ofrece sus poemas.

Qué más da volver me digo antes de ir, si hoy en día Facebook y WhatsApp son el nuevo Buenos Aires, el nuevo París, o el nuevo Nueva York (siempre tan más more); podría quedarme enredado por las diversas tierras del mundo como si tal cosa, e incluso después de muerto, como Siri.

Pero no, vuelvo siempre a Buenos Aires por responsabilidad imperial, como emperador que soy de esta ciudad; aunque no me reconozca como tal yo sé que es así. Pero es que en ese nido de ansiedades, tejido entre calles y avenidas, o serpientes y spaghettis, yergue, siempre luminoso, un espacio alrededor del cual gira y gira el Universo como un disco de vinilo.