18 dic. 2015

Pongamos que hablo de Buenos Aires

Esta ciudad mata. Pero eso no es noticia, lo sabe todo aquel que haya vivido aquí en los últimos setenta años. Quien avisa no traiciona. Esta ciudad mata en pequeñas dosis, a través de sus precios cada día más lejanos; de sus habladurías políticas y sus monumentos pintados con aerosol, sus calles contaminadas de ofertas comerciales; mata con sus relatos paralelos, siempre en favor de un oportunista que narra; mata con la rabia de sus conductores y el ruido blanco de sus todólogos; no, sobre todo mata con su neurótico hoy ya no aplica la lógica de ayer. Esta ciudad parece que por fin va a  estallar esta noche y no obstante siempre acaba en una destartalada resurrección. Esta ciudad es una fatalidad que me enardece a menudo, me indigna, me escandaliza, pero muy de vez en cuando también me produce un entusiasmo nocivo.
 
(Y sin embargo quien escribe no es de aquí). Llegué hace casi veinte años, con dieciséis primaveras recién cumplidas y el acento de uno que desafinaba con el canto inconfundible de los capitalinos. Desembarqué lleno de furia contra el silencio y el tedio de las ciudades del interior del país. Llegaba de un lugar gris, también con puerto, pero una ciudad donde nunca pasaba nada y desde la cual sospechaba que no había mayor peligro para mi desconcierto que quedarme allí. Además todo parecía estar sucediendo aquí. Y yo, aunque no entendiera nada, quería verlo todo.
 
Anotaciones personales
 
Fotografía: Javier DelgadoMartes 7 de mayo de 1996. Estoy confundido. No sé si detesto esta ciudad o si estoy fascinado. Hoy me escapé de nuevo del colegio. Di el presente y durante el primer recreo me escapé por la puerta de atrás; nadie nunca se da cuenta, los beneficios de ser nuevo e  ignorado. Me vine a pasear al centro, la parte de la ciudad que más me atrapa, o al menos la que más me intriga. Siento que estas calles tienen atmosfera de lugar prohibido para gente de mi edad (o tal vez es que cada vez que vengo no debería estar acá). Cuanto más camino menos abarco, y esto no es una contradicción poética. Me veo como un detective estimulado por la adrenalina del misterio. Alguien que entiende que la trama de su caso se resuelve con más maña que fuerza. Hay en el centro un mecanismo oculto moviendo los engranajes de una intriga que se burla de mí.
 
Viernes 20 de septiembre de 1996. No sé qué me gusta más, si viajar en subte o sentarme en algún café. En todo caso no hay dudas que la ciudad es algo que veo sin participar, todavía no entiendo nada. Lo mejor que me ofrece es observar su movimiento desde la quietud. Tal vez acabe convirtiéndome en uno de los bancos de madera verde que hay en las plazas.
 
Lunes 7 de marzo de 2005. Sólo basta alejarse de una ciudad para comprender lo que ella significa. Una vez más tengo que escaparme y reconstruirlo todo desde lejos y a mi modo. Cuando estoy acá, esta ciudad ya no es lo que yo pensaba. Por cierto, la hora más distintiva es alrededor de las ocho y media de la noche, sobre alguna avenida que desemboque en el centro, a contracorriente de la muchedumbre.
 
 
Luego, cuando cumplí los dieciocho años y terminé el colegio, también abandoné el proyecto de resolver el misterio. Empecé a vivir la ciudad. Ya no era un espectador o un detective, que en definitiva es lo mismo, sino que pasé a ser un engranaje más del misterio. Y así empecé a querer esta ciudad. Un poco. Sin saberlo. Empecé a ver que en todas partes había historia, en cada esquina, aquí la casa de tal escritor, aquí el taller de tal pintor. Allá, el parque que inspiró a tal personaje. Un poco más allá, el centro, sus bares, el café del vermut, donde fui a releer el principio de mi cuento favorito, que transcurre en este lugar, entre dos varones, uno de ellos preocupado. Y supongo que empecé a ser parte de la intriga de otros detectives. Dejé de hacer fuerza. Se disolvió la ambición de entender. Solté las cuerdas. Me gustaba andar anónimo entre la multitud y a la vez ser participe. Me sentía bien. En mi casa. Yo, que siento que no soy de ninguna parte. Dividido entre varias identidades. Inmune a las habladurías nacionalistas.
 
Pero no por eso se dejó de formarse la extraña sensación de vivir dos vidas. Una que avanzaba con la fuerza inevitable del tiempo y lo cotidiano, con protagonistas de carne y hueso, repleta de rutinas e historias. Y otra con la ciudad, compuesta por figuras, escenas, fragmentos de diálogos que no me correspondían, restos muertos que continúan renaciendo cada vez que se activa el mecanismo oculto de la intriga. Nunca coinciden con nada estos fragmentos, pero no me importa, lo acepto.  Tan sólo registro sin ambición.
 
El relato irracional. Alguien hace algo que nadie entiende, un acto que excede la experiencia de todos. Ese acto es espontáneo y decadente, no es narrativo pero otro alguien (quizás un oportunista) juzga que tiene sentido narrarlo. Sobre ese relato -oral o escrito-, un tercero habla y otras personas comienzan a opinar. Al poco tiempo aquel acto espontáneo y decadente adquiere forma de relato paralelo y se hace popular. Se convierte en un mal –justificado- del cual poder contagiarse. Por primera vez comprendo que el lenguaje servía para otra cosa que para nombrar o dar órdenes.
 
Perjudicial para la salud. Hay un hombre que fuma desde que es adolescente. Cada vez que saca un cigarrillo del paquete, mientras se lo acomoda en los labios, no puede evitar leer el anuncio en letras negras que avisa que fumar mata. Lo lee al menos unas quince veces al día. Es un acto reflejo se dice a si mismo cuando repara en que lo está leyendo, una vez más. Sin embargo el placer que le provoca el humo de tabaco entrando en sus pulmones es mayor que cualquier aviso. Sabe que está muriendo a través de pequeñas dosis de placer, y no hay nadie con quien ajustar cuentas más que consigo mismo. Quien avisa no traiciona.
 
Plaza de Tribunales. Hay días en que se vuelven a  cruzar en el café La Cala. Ella atraviesa en diagonal la plaza de Tribunales con el enorme teatro por detrás. Él ya está adentro del café. Alto, de pelo canoso, usa un impermeable color caqui; al sentarse se lo acomoda con un gesto rápido y hunde las manos en los bolsillos y empieza a desparramar sobre la mesa sus papeles. Ella entra al café y al verlo se gira y vuelve a salir, nerviosa, tal vez todavía enojada. Él no se da cuenta y continua fiel a su obsesión, tiene la mirada enviciada de los que se han dejado ganar por una ambición comercial. Pide un cortado y al volver a sus papeles remarca en un adolescente que está sentado junto a la ventana: bebe una coca-cola, lleva pantalón gris, remera con el escudo de un colegio y escribe en un cuaderno. Es martes por la mañana.
 
Ir perdiendo ciudades. Hay un Toyota Célica del año 81 que avanza por la autopista que circunvala la ciudad. Está comenzando a amanecer y un grupo de amigos vienen alegres y borrachos entre risas y bromas. El auto toma la salida que lo saca de la autopista para dejar atrás la ciudad. Alguien ahora sube la ventanilla y ahoga el ruido de adentro del coche; las voces y las risas se ven forzadas a acomodarse a la nueva atmosfera encapsulada. Momentos más tarde está el grupo de amigos observando la ciudad a lo lejos, desde la costanera, entre bromas, cigarrillos y botellas de agua. ¿Dónde estoy yo? Quizás subiendo la ventanilla del coche, quizás ya sentado en el césped. Invisible en el recuerdo, soy el que mira la escena y reconstruye todo desde lejos y a su modo.
 
 
Esos ojerosos cafés de las calles que trenzan el centro de la ciudad, cercanos todos a la plaza de Tribunales o a la del Congreso, allá donde todavía es posible ver callar a algunos de los mejores hombres: varones de hierro forjados en tantas batallas, callando hoy por los rincones de las tabernas. Son los hombres que dijeron que un día volverían, y lo hicieron, pero ya libres de sentimentalismos. (Había caído en la alegre certeza que aquel adolescente que escribía empujado por la adrenalina del misterio ya era el mismo hombre que ahora narra libre de sensiblerías y vaguedades: “…somos el mismo; los dos descreemos del fracaso y del éxito”). Las calles de esta ciudad ya son mi entraña. Pongamos que hablo de Buenos Aires.
 
 


Columna publicada en esQuisses el 18 de diciembre, 2015: http://www.esquisses.net/2015/12/pongamos-que-hablo-de-buenos-aires/
 

5 dic. 2015

Un hombre común


Sobre su nombre y origen hasta el día de hoy las historias no están de acuerdo: fue desconocido y común. Cuando la gente le conversaba, en seguida le olvidaban, para marcharse, sin notarlo, un poquito más alegres, más en paz. Hay quien dice que habitó en el ruido, que dejó familia y que ganó el pan.
Cuando salía de su casa en la cañada a la mañana oscura, él iba, como todos, hacia las lentas horas, la luces de tubos fluorescentes, el rango bordado en la camisa, los sobres clasificados por peso y destino, el sello seco de tinta roja, la decisión de que alguien superior movía los hilos de la secreta trama. Se expresaba discretamente. Estaba siempre donde se lo debía encontrar.
Sólo nos consta que solía, al salir de su casa en la cañada, alzar la vista al cielo y, al bajarla, ausente, tropezar. Que le gustaba andar despacio, ir silbando melodías improvisadas, ver pasar la gente, hacer programas detallados para guardarse de la prisa y la indecisión. Demostraba una capacidad desbordante para aceptar el mundo tal como realmente es, en todo su raquitismo, emoción y bestialidad. Sólo por hoy, se decía cuando era consciente de que el mundo y su velocidad lo negaban, sólo por hoy no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.
Si algún compañero, durante las pausas de café, le opinaba sobre política o le imponía una palabra a su oído, como por ejemplo compromiso, él sonreía. Él no sabía nada, no deseaba entre horas. Esperaba. Medía la superficie del día mientras aguardaba el bote que lo llevaba de regreso al hogar. Volvía entre la gente con su camisa gastada y su sombrero de ala corta y su rostro pálido y humildemente él mismo.  Quien lo veía asomándose entre la muchedumbre pensaría que es saludable que a veces se dé esa transposición y en medio de lo importante aparezca un detalle lateral, de apariencia insignificante, que nos descubre el derecho de lo mínimo a ocupar su espacio.
Nada parecía cambiar. Las calles de la cañada con sus agujeros cubiertos con maderas, la puerta de rejas negras, la mesa, el pan, ¿qué era el pan de cada día? Vivía en las atmósferas de un mundo que camina entre polvo: el mundo de un hombre común. Sin pensarlo mucho, rezaba con costumbre de olvido; sobretodo confiaba.  Y se entretenía sentado en el fresco de la tarde, descalzo, escuchando a las chicharras zumbar. La vida para él era algo caliente e inexplicable: el aliento manso de sus hijos mientras soñaban, la voz de su mujer.
Tenía amistades virtuosas porque sabía acercarse al alma del hombre solo. Se mantenía próximo a aquel que cómo él oía cómo lentamente los leños caían sobre el empedrado y anunciaban el invierno, y todo lo escuchaba como un centinela, sin sentir la necesidad de hacer nada, salvo oír ese sonido, sordo y repetido, el sonido de la vida común.
Los sobres clasificados por peso y destino, el sello seco de tinta roja, la decisión mayor de que alguien movía los hilos de la secreta trama. Murió al atardecer, entre zumbidos de chicharras, sin que nada altere su curso. Y despertó sorprendido al encontrarse allá. Riega milagros pequeños que a nadie den nada de qué hablar.
 
Columna publicada en esQuisses, 4 de diciembre 2015: http://www.esquisses.net/2015/12/un-hombre-comun/
 

4 dic. 2015

Tonos contagiados

Llegaba ya tardísimo y estaba aún quieto, clavado en un cruce de calle y avenida en el D.F mexicano, buscando un taxi. Estaba agitado pero atento como un pescador (uno sin experiencia ni arte pues la ciudad entera me esquivaba como lo hace con todo aquel que vaya a contracorriente del caos). Por fin el semáforo cambió de color y los autos se amontonaron como peces en la red. Esta es la mía, pensé al ver que se acercaba un taxi. No lo dudé y abrí la puerta del copiloto soltando ya las indicaciones. El conductor me lanzó una mirada de esas que debe recibir la parca y atrás, en el asiento, un pasajero bajó el celular por el que hablaba y se aferró al asiento como si mi aparición fuera a catapultarlo por el techo de aquel Volkswagen. Se asustaron ellos pero más me asusté yo. Y supongo que el pánico se leyó mejor en mi rostro porque aquel viajero con aires de director de cine, al enterarse de que no era más que un turista a la deriva, se apiadó y me preguntó a dónde iba. Al, al centro, tartamudeé, y antes de que suene la primera bocina del mar de coches que se amontonaba por detrás, ya estábamos codo a codo rodando por la ancha avenida.
Durante el trayecto no paró de hablarme. Sin haberme dado tiempo tan siquiera de presentarme, empezó diciéndome que en el mundo todo iba muy mal y que, tras los hechos de los últimos días, todo iría aún mucho peor en las próximas semanas, meses y años. Todo fatal, sentenció. Y después no paró de hacerme preguntas. Qué pensaba sobre esto, sobre aquello, sobre los 43 estudiantes desaparecidos, sobre los recientes ataques en París, sobre el cine mexicano, sobre la privacidad en internet y la big data, sobre la eterna estupidez humana a la hora de gobernar países o nuestra propia vida. Detuvo unos segundos la intensidad de sus preguntas pero sólo para regresar con una mirada concentrada y decirme que no hay momento del día ni de la noche en que dejemos de pensar.
“La única pregunta procedente es ¿en qué?; ¿qué decidimos rumiar en los ratos perdidos del día y en la oscura quietud de la noche? ¿A dónde va nuestra mente cuando no hay ningún lugar específicamente definido a donde ir?”
La pregunta es importante, dijo conservando la mirada, porque su respuesta define la clase de personas que decidimos ser. Y acto seguido se quedó mudo. Por fin, pensé. Fue un momento casi poético porque su silencio me permitió concentrarme en el caos que se proyectaba por mi ventana y caer en la cuenta de que estaba donde estaba, yendo a donde iba. Pero también es cierto que entendí mejor todo cuando se bajó del taxi y me quedé solo adentro de aquella burbuja móvil.
Había ya recuperado la calma cuando el taxista me dijo de repente: "Ese chavo hablaba muy bien, ¿se ha fijado? Pero que muy bien. Y sabía preguntar.” Le correspondí con una sonrisa muda. “A mí también me gusta preguntar", dijo mirándome por el espejo retrovisor. Y entonces quiso saber si no pensaba que raramente tratamos con personas razonables y no sé cuántas otras cosas más quiso saber y se fue haciendo evidente que se le había contagiado el tono de aquel pasajero.
Está naciendo un sentido pensé. Y aturdido por tantas preguntas y por estar llegando terriblemente tarde a mi encuentro, se me ocurrió que tal vez el primer sentido nació así: alguien en la noche de los tiempo, cuando todo era desconcierto, habló con otra persona y se contagió del tono de su discurso, y así, en medio del caos nació el sentido, como acababa de suceder en aquel taxi. La idea me quedó dando vueltas.
Esa tarde con mi amiga paseamos por el centro defeño, cenamos en un salón de la calle Bolívar, seguimos bebiendo en una cantina de la calle San Jerónimo, y acabamos bailando toda clase de ritmos en un bar pintado de rojo sobre la calle República de Cuba. Ya de regreso, ambos rumbo al sur de la ciudad, compartimos un taxi. Como se sabe, en el D.F. el más corto trayecto puede durar más de una hora. Por suerte el viaje se fue haciendo más ameno gracias al relato tragicómico que mi amiga, tocada por las tequilas, me iba contando sobre su familia. A medida que desplegaba aquel abanico de tíos, primos, cenas de navidad, peleas y reconciliaciones, el relato se volvía cada vez más extraño y caótico, como la historia de toda familia. Tras casi cuarenta minutos de viaje llegamos a casa de su hermana, donde se estaba quedando. Una vez abrió la puerta y se perdió por detrás de la verja negra pensé que se habían acabado las charlas por esa noche.
“Sí que tiene historias esa chava….” Oí que me dijo el piloto mientras salíamos hacia la avenida. E inmediatamente supe que el tono narrativo de mi amiga se le había contagiado a aquel conductor. “Nosotros somos nueve hermanos, seis en León, dos aquí en el mero sur del D.F., y uno que murió aun chamaco el pobre” y así, en la media hora que siguió de viaje hasta Coyoacán, aquel taxista, contagiado por un sentido, me fue revelando los detalles tragicómicos de su familia.
Escribo este texto al día siguiente, desde un café en la calle Regina, a pocas manzanas del histórico Zócalo. Pero se me ocurre que bien podría estar escribiéndose desde Sao Paulo, Buenos Aires, o Ciudad de Guatemala, o Damasco, París, o Moscú. Bien podría este texto tratar sobre el tono que se contagia por las calles de cualquier lugar. Y por cierto, ¿qué tono anda contagiando usted? ¿Qué sentido está naciendo en el caos de su ciudad?
 
 
Publicada en esQuisses, el 20 de noviembre: http://www.esquisses.net/2015/11/tonos-contagiados/