27 oct. 2014

La bomba bajo la mesa

El papel que pasaron esta mañana bajo la puerta de mi habitación no tenía firma. Sin embargo lo supe de inmediato, llevo apenas cuatro días en esta pensión y sólo una persona conoce mi paradero. Después de todo estoy aquí por él.
El texto era formal y seguro, como su voz cuando me habla. Decía: No tomaste en cuenta ninguna de las recomendaciones que te hice (horarios, distribución de mesas, posibles variantes, etc.). No es la primera vez que me ocurre esto contigo. Es triste pensar que no se tiene la menor influencia intelectual sobre un subordinado a quien se quiere y se estima tanto.
En ese momento supe que ya no contaba con su protección, que estaba “suelto” como se dice entre los míos. Los detalles de mi destino no tardarían en llegar, pensé mientras plegaba el papel y lo dejaba sobre el escritorio. Tomé la cajetilla de cigarrillos y me asomé por la ventana sin correr las cortinas, no se veía nada extraño en la calle, sin embargo la ciudad de repente me pareció un asqueroso hormiguero sin sentido. Encendí un cigarrillo (nunca fumo antes del café), la TV, y me senté a los pies de la cama. En la pantalla apareció la foto de dos señoras sonriendo en una playa. Eran ellas, no había duda, las mismas dos mujeres que me habían pasado por al lado justo cuando yo salía del café tras confirmar que el tal Villalobos estacionaba su Volkswagen azul para entrar por su café como cada mañana a esa hora. Pero las muy pendejas parece que fueron a sentarse justo en la mesa que no les correspondía.  Y ahora el hijo de puta del Sr. Villalobos sigue por ahí, suelto.