14 abr. 2012

Carta desde Chivilcoy

Estimado Sr. Garbizu,
 
Lo saludo atentamente desde una tarde calurosa en mi Chivilcoy natal.
 
Encuentre a continuación las instrucciones solicitadas y las cuales, tras haber reflexionado sobre nuestra charla de la semana pasada y comentarla con mi mujer, me propongo revelárselas sin coste alguno ni más intención que la de ser consecuente con la empatía que me despertó su historia. Sabrá disculpar la rigidez de mis palabras al tratar un tema como este, pero es que soy partidario de la precisión y la austeridad oratoria cuando de estas cuestiones se trata. Sin más preámbulos, aquí voy.
 
Primero de todo y antes que nada, posiciónese frente al mar que rodea su isla y sonría –dispuesto y seguro- ante la enormidad de lo que pronto desparecerá y le permitirá por fin alcanzar el continente. Acto seguido diríjase a la costa sur de la isla, más precisamente hasta al final del único muelle que hay en la bahía, verá a su lado una manguera color verde que duerme enroscada. Despiértela, tómela del cuello y lance con todas sus fuerzas una de sus puntas hacia el horizonte. Una vez seguro de que el extremo lanzado esté ya hundido en el punto más profundo del mar, llévese a la boca la otra punta que sostiene con su mano izquierda y succione de ella hasta que comience a brotar el agua salada.
 
Mi experiencia me dice que a partir de ese momento faltarán unas ocho horas hasta el próximo paso, sin embargo todo depende de latitudes, ejes y mareas. Desgraciadamente mis libros datan de principio del siglo XVIII y además desconozco con precisión las coordenadas de su ubicación geográfica (a juzgar por su carta y nuestra charla, me temo que también usted desconoce con exactitud dónde está su isla). En todo caso, estoy casi seguro que serán menos de doce horas por lo que le recomiendo entonces que se siente en aquella piedra sobre la que me comentó suele ver los atardeceres en su deshabitada isla, y se permita disfrutar del espectáculo. Estará presenciando la belleza de lo que deja de ser, empujando a la vez aquello lo que comienza a existir.
 
Cuando finalmente el mar se haya vaciado y pueda usted ya atravesar el paisaje que nace pálido, le recomiendo que comience la peregrinación sin mayores despedidas y ligero de equipaje.
 
Lo más probable es que durante el camino tenga brotes de carcajadas que le harán sentir la ironía de reírse en semejante paisaje. Le aseguro que no encontrará ninguno de aquellos monstruos marinos de los que usted me comentó. No habrá pulpos secándose al sol, ni calamares enormes y crueles, ni tiburones instintivamente despiadados o aquellas algas atrapa piernas que con tanta vehemencia me describió durante nuestra charla. Y entonces dudará si alguna vez realmente existieron aquellas bestias…o incluso el mismo mar que ahora ya no consta (por eso le recomiendo que se tome el tiempo de verlo desaparecer sentado desde su piedra).
 
Lo que si le afirmo que verá, eso sí, son los tigres de fuego caminando libres de aquellos barrotes detrás de los cuales usted los conoció. No les tema, más bien sígalos, ellos lo llevarán hacia el continente.
 
Le deseo un buen viaje y le aconsejo no volver a leer esta carta más que por motivos prácticos.
Atentamente,
Teodoro Razatroc

 
   
 






12 abr. 2012

El lavandero

Desde que me sentenciaron culpable y trajeron a esta celda, vivo zambullido en un sueño que no dejo de saborear. Yo que en la ciudad llevaba una vida invisible y pastosa como días de Febrero, ahora bajo los tubos de luz fluorescente de esta jaula soy un aliento liviano y hasta gozo de autoridad intelectual.

Mi humor se ha vuelto naturalmente astuto, despierto risas tanto en mis compañeros presidiarios como en los guardias armados que recorren los pasillos. Cada día me sorprendo gratamente cuando el deber de afeitarme me cruza con el espejo de la mañana devolviéndome una sonrisa estampada sobre un rostro aliviado. Veo en el reflejo de mis ojos limpios y arrugados, lo acertada que es mi nueva vida aquí entre los marginados.

Yo, que era un mediocre entre los justos, soy un distinguido entre los injustos.

Aquí el dinero no existe, lo cual además de ser un alivio es el motor de mi pasión. Todo lo hago por motivos que desconozco, aunque en realidad, tanta tenacidad anónima despierta en mí la certeza de que son las alabanzas y la admiración de mis allegados lo que motiva mis acciones. Me dedico, digamos, que a la escritura fantasma. Escribo cartas a petición, de todo tipo, desde legales hasta familiares e incluso, en total discreción y confianza, redacto cartas de amor impaciente para algunos hombres que llegan tímidos y mansos a mi celda de madrugada. Soy invitado especial en cuanta confesión se lleve a cabo en mi pabellón. Asesoro, escucho, influyo.

Mi trabajo según las planillas administrativas es “lavandero”. Y allí abajo, entre olor a jabón y a vaho húmedo de sótano, mi alma es una pluma que se pierde durante horas entre las corrientes de aire suspendido. Va y viene escurriéndose entre el espacio que me distancia de los días, palpita como las alas del colibrí, se recuesta y duerme siestas durante semanas, a veces se pierde sin despertar en mi una pizca de inquietud, siempre acaba volviendo como gato rasguñando la puerta del balcón. Y mientras cumplo mi condena, en mi mente no hay nada más que el silencio del fondo del mar y el placentero aleteo del colibrí.