25 sept. 2011

Hay hombres que son ciudades





Hay hombres que son ciudades. Hombres cuyos rostros son marcados por la ciudad en la que habitan; y a los latidos que certifican la vida de su urbe ellos se aferran y se funden hasta confundirse en idiosincrasia. Son hombres que por la lluvia del tiempo van siendo bautizados una y otra vez, empapando así sus vestimentas de folklores y luz de sol que varía según las latitudes.
Estos hombres son raíces a las que el tiempo baña con una identidad común. Raíces que poco a poco se inflaman allí donde la vida crece sin sol hasta romper aceras. Endurecen sus brazos al apretar con inconciencia y vehemencia los brotes subterráneos de su ciudad, de quienes serán.
Son hombres que juzgan según sus propias leyes y tradiciones mientras cabalgan sus vidas dentro de un territorio al cual entienden como universo, y en ésta mecánica obtienen la certeza de ser libres. Son personas con distintas dosis de derechos y obligaciones, todos nacidos en la misma ciudad y perfumados por el mismo tiempo que a todos apiña y lesiona a su merced. Se visten de cotidianeidad por las mañanas mientras dormidos buscan sus camisas, o por las tardes, cuando las nubes del ocaso tiñen de violeta y de septiembre a sus ojos acuosos, que también son ciudad. Y entonces ya nadie puede saber quién es hombre y quién es ciudad. Los adolescentes escriben en los suburbios, sobre asfalto que se convertirá en piel y edificios que mutarán en cuerpos respirando horarios comerciales.

Y entre los hombres que son ciudad, están aquellos que buscan imponer autoridad sobre los demás. Y en su concepción de lo urbano visualizan pirámides que con empeño -y con tal aprensión como para permitirse perder la vida que envuelven sus días-, se dedican a vivir en su resbaladiza escalera. Anhelan las sillas que se apolillan en su minúscula cúspide porque creen haber visto algo que asumen les pertenece. Son aquellos hombres y mujeres quienes, desde aquella altura que tan fácilmente obnubila, asumen el derecho a dictaminar sin consulta al resto -ni siquiera a sus pobres semejantes, que infelices y empapados de sudor los enaltecen con la vista hacia arriba como niños sin dignidad-, lo que es bueno y malo, correcto e incorrecto, bello y feo. 
Se asumen patrones del campo de la estética, de la definición del buen gusto, material y literario, político y cultural, creando monopolios en la ciudad y entregando invitaciones a entender lo exquisito como contraste del mal gusto, invitaciones que en realidad son pequeñas muertes de la creatividad. Sin embargo siempre hay voces que también son ciudades, voces individuales a quienes no se les permite manifestar su concepto de lo bello, ya que las palabras que nunca antes se dijeron, suelen ser la antítesis de la belleza impuesta.

Y hay hombres que no son ciudades. Hombres que voluntariamente desertan de su condición de ciudad para desvestirse y así poder encontrar un reposo que germine su vida en otra ciudad, en otra dinámica. Hombres que parten, sin pensamientos ni escuelas, ligeros de equipaje, empujados por la necesidad de ser nuevos hombres a través de nuevas ciudades, dejándose atravesar por lo que mora en el viento. Hay algunos de estos hombres que incluso nunca regresan a su ciudad, pues ya no encuentran el camino a quienes fueron una vez, camino que el viento y el tiempo rápidamente se encargan de barajar. Son estos hombres los que finalmente se convierten en su ciudad. Son hombres que son su propia ciudad.
Y cuando estos hombres, ya añejos y atravesados por el tiempo y las realidades, se sientan junto a los edificios que no envejecieron con ellos, entonces entienden que su esencia, al igual que la de los hombres que son ciudades, también es geográfica y circunstancial. Sólo que el tono con el que le hablan a su ciudad primera es plenamente distinto. Los escucho hablarle a ella no como hijos sino como padres tristes y cariñosos. Son palabras mudas que viajan con el aire de la tarde, palabras que no son dichas para ser oídas sino más bien son liberadas desde adentro, recién nacidas pero viejas como la garganta que las verbaliza. Ahí van por el aire, paternales, sobrevolando hasta donde puedan sus alas, las calles de su hija, la ciudad que los parió y que ahora las disfruta.